Nunca seremos los mismos

Inmigración. Encendemos la tele y ahí está. Nos repantingamos en nuestros sofás y vemos el cuerpecito sin vida de un bebé en la playa. Vemos el camión frigorífico aparcado a la orilla de una autopista, lleno de cadáveres, a la reportera húngara dando patadas a hombres, mujeres e incluso a niños. Vemos a las angustiadas familias caladas hasta los huesos bajo la lluvia, con sus hijos llorando a su lado, envueltos en bolsas de basura para evitar congelarse en la calle, ya que las autoridades les niegan un techo bajo el que cobijarse. Vemos a cincuenta personas en una lancha de goma cruzando el estrecho que separa África y Europa. Vemos las playas de Lampedusa, repletas de cuerpos abandonados allí por la marea, los cadáveres de aquellos que un día invirtieron todo cuanto tenían para comprar un billete a ninguna parte. Después, salimos a la calle y oímos: “ por qué no se quedan en su país”, “y eso qué tiene que ver conmigo”, “no me interesa”. Qué poca memoria tenemos…

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Foto 1: Españoles en un campo de concentración francés.

Foto 2: Inmigrantes “ilegalesespañoles capturados en Venezuela.

Es muy saludable ejercitar la memoria y la empatía, y eso es lo que hago, de mano del escritor González de la Cuesta.

NSLM

“Nunca seremos los mismos” cuenta la historia de varios personajes anónimos inolvidables como Manuel, Lola, Marga y Rodrigo, y la de otros no tan anónimos, como el afamado y querido poeta Antonio Machado y el presidente de la República, Manuel Azaña. Con “Nunca seremos los mismos” asistimos a los últimos días de Machado en Collioure, desmoralizado, roto. Vemos como la guerra convierte a España en un sitio peligroso para aquellos que formaron parte del bando perdedor y que fueron forzados al exilio para poder sobrevivir. Huyeron sólo para encontrarse con una Europa igualmente fragmentada, a punto de entrar en la Segunda Guerra Mundial. Y fueron rechazados y despreciados de igual manera por el gobierno francés, que no les dio una dulce bienvenida. Esta novela nos hace bajar de nuestra torre de marfil construida con el olvido y nos recuerda lo que se siente:

huían de su derrota, de la muerte que se cernía como una sombra sobre ellos como una sombra (…) y eso (…) les hacía sentirse como una piltrafa de la Historia. Porque ellos eran personas normales, profesionales que amaban su país, su familia y sus amigos (…)”

nada les produce tanta desolación como la contemplación (…) de miles de personas pugnando por atravesar la frontera (…) las autoridades francesas no están poniendo mucho de su parte por aliviar el sufrimiento de esas personas que sólo quieren un lugar donde vivir y estar seguros. Es más, parecen dispuestos a impedir la entrada masiva de españoles a su país (…) a golpe de culata, empujones, insultos (…)”.

Una vez penetras en el mundo de la diáspora, nada volverá a ser lo mismo. Tú nunca volverás a ser el mismo. Dejas atrás tu país e intentas adaptarte a uno nuevo, donde tu cultura y tu identidad son cuestionadas a cada paso, y cuanto más te adaptas -para poder sobrevivir-, más te separas de tu hogar. Esto es aún más agudo en el caso del exilio motivado por un conflicto bélico. Tú cambias, pero tu país lo hace de una forma drástica, dramática, sin vuelta atrás.

Estas experiencias son vividas por Manuel, Rodrigo y Marga. Dejan su país para no volver, porque aquel país que conocían y amaban ha desaparecido para siempre. Junto a ellos sentimos la aguda punzada de dolor por tan inmensa pérdida, su lucha denodada por sobrevivir y su gran determinación. En su periplo se enfrentan no sólo al rechazo experimentado en Francia, sino que en su camino lleno de dignidad e iniciativa, también hay lugar para la solidaridad y el apoyo transnacional proveniente de ciudadanos anónimos que cobrarán un gran significado en sus vidas: Viveka, Mss.Cameron, Pilar… La crueldad y la indiferencia que muestran las autoridades de los países por los que pasan contrasta con la actitud de las personas de a pie, como suele suceder siempre.

Las ciudades por las que van pasando están descritas a la perfección, y uno puede imaginarse en ellas, a finales de la década de los años 30 y principio de los 40, en una Europa convulsa y en Estados Unidos durante el ataque a Pearl Harbour. Prosiguen, inasequibles al desaliento, con sus vidas, pero algo se ha roto en su interior y sufren la angustia de quien ha sido arrancado de raíz de su hogar y expuesto a la incertidumbre de una vida nueva.
rubber boat

Sí, hemos estado en la misma lancha de goma, compartiendo el mismo espíritu que conduce a todos aquellos que huyen de la atrocidad. Y no hace tanto tiempo de aquello. De la huída de un país herido de muerte, de la violación sistemática de los derechos humanos básicos, del hambre y de la muerte, de un conflicto fratricida. Éramos ellos. Y nuestras cunetas dan buena cuenta de ello, aún repletas de cadáveres de aquellos que -como Lola- no pudieron cruzar la frontera y fueron ejecutados y enterrados ahí mismo, en fosas comunes. Están por toda España. Justo ahí, bajo el asfalto, junto al muro, en los bosques, en los prados. Y, como dice esa famosa frase de Jorge Santayana, «Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo». Es bueno no olvidar. Recordemos.

Día de difuntos de 2015, en recuerdo de todos aquellos que continúan bajo el asfalto, junto al muro, en los bosques y en los prados.

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