Traducción literaria

La dificultad de la traducción literaria radica en el hecho de que la forma del texto está fuertemente arraigada en la cultura, en este caso de la lengua fuente. El traductor es el encargado de reproducir no sólo el sentido de dicho texto, sino también su forma, dentro de lo posible, en la lengua término. Esto es importante en cualquier texto literario y crucial si hablamos de poesía. La traducción literaria está orientada hacia el producto final, el texto término, al reproducir el valor del texto original, mientras que una traducción que se basase más en el texto original, resultando más fiel a la forma que al sentido, sería más útil como orientación y base ilustrativa del proceso de la traducción.

En circunstancias ideales, un traductor debería sentir un gran respeto por el autor cuya obra se encuentra a punto de traducir, una afinidad especial con su obra, así como una profunda comprensión de la misma. De esta forma, el traductor lleva a cabo su labor interdisciplinar, conjugando diferentes destrezas:

– lingüísticas, por su puesto, pues su dominio de la lengua origen y la lengua término es la piedra angular de una buena traducción,

– estéticas, pues debe ser capaz de reproducir la fuerza y el valor inherentes al texto origen en su versión en la lengua término, junto con el sentido implícito y explícito,

– temporales, puesto que al enfrentarse a un texto escrito hace tiempo, éste requiere un tratamiento, por fuerza, diferente,

– culturales, para ser consciente de que existen fenómenos paralelos en dos culturas que, sin embargo, se describen con palabras diferentes.

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Literalidad en la traducción

En estos tiempos de avances tecnológicos diarios, cada día se crean nuevas aplicaciones que facilitan la vida diaria de las personas con acceso a tales avances. Últimamente he escuchado en la radio los detalles de las mejoras realizadas en Google Translator, gracias a las cuales van a poder traducirse fragmentos orales de conversaciones en el momento. Sin embargo, esta aplicación tiene sus limitaciones, al estar fundamentada en un sistema literal de traducción, que seguramente dará lugar a no pocas hilarantes situaciones que pueden traernos del recuerdo aquel memorable discurso de Kennedy en Alemania en el que declaraba ser un donut (Ich bin ein Berliner, en lugar de Ich bin Berliner que sería “soy Berlinés”).

El caso es que en la traducción no sólo prevalece la lingüística, sino que estamos ante una tarea interdisciplinar. Y si se pueden cometer cómicos errores debido a las diferencias lingüísticas como el anteriormente mencionado, las faltas de exactitud debidas al exceso de literalidad, pueden ser aún mayores, pese a que pueda resultar paradójico. El texto está inserto en una red de signos culturales de las lenguas fuente y término, por lo que la fidelidad al sentido del texto no es igual a la equivalencia entre palabras o textos, sino que al funcionar el texto dentro de una cultura, se debe conseguir que el impacto del texto en la lengua término sea igual que el texto original en la lengua fuente.

Como opinaba Douglas Robinson, la traducción es un proceso intuitivo; “sense is not cognition but sensation”. Y eso no lo conseguirá jamás una aplicación.